|
Al examinar los aranceles y otras restricciones al comercio internacional
en su obra La riqueza de las naciones, Adam Smith escribió:
"Lo que en el gobierno de toda familia particular
constituye prudencia, difícilmente puede ser insensatez en
el gobierno de un gran reino. Si un país extranjero puede suministrarnos
un artículo más barato de lo que nosotros mismos lo
podemos fabricar, nos conviene más comprarlo con una parte
del producto de nuestra propia actividad empleada de la manera en
que llevamos alguna ventaja [...]. En cualquier país, el interés
del gran conjunto de la población estriba siempre en comprar
cuanto necesita a quienes más baratos se lo venden. Esta afirmación
es tan patente que parece ridículo tomarse el trabajo de demostrarla;
y tampoco habría sido puesta jamás en tela de juicio
si la retórica interesada de comerciantes y de industriales
no hubiese enturbiado el buen sentido de la humanidad. En este punto,
el interés de esos comerciantes e industriales se halla en
oposición directa con el del gran cuerpo social."
Estas palabras son tan válidas hoy como eran entonces. Tanto
en el comercio interior como en el exterior, es de interés
para el gran conjunto de la población comprar al
que vende más barato y vender al que compre más caro.
Con todo, la retórica interesada ha dado lugar
a una asombrosa proliferación de
restricciones sobre lo que podemos comprar y vender, a quiénes
podemos comprar y a quiénes podemos vender y en qué
condiciones, a quiénes podemos dar empleo y para quiénes
podemos trabajar, dónde podemos residir, y qué podemos
comer y beber.
Adam Smith culpó a la retórica interesada de comerciantes
y de industriales Quizá fueran ellos sin duda los principales
culpables en su época. En la actualidad tienen mucha compañía.
En realidad, difícilmente alguno de nosotros escapa a la retórica
interesada. Según la inmortal frase de Pogo, el personaje
de tebeo, hemos descubierto al enemigo y ése somos nosotros.
Luchamos contra los intereses especiales, salvo cuando
resulta que el interés especial somos nosotros
mismos. cualquiera de nosotros sabe lo que es bueno para él
lo es para el país, por lo que nuestro interés
especial es diferente. El resultado final es un laberinto de
restricciones y más restricciones que hacer que la mayoría
de nosotros seamos más pobres de lo que seríamos si
se eliminasen todas. Perdemos mucho más a consecuencia de las
medidas que benefician a otros intereses especiales de
lo que ganamos gracias a las medidas que
benefician nuestro interés especial.
El ejemplo más claro se halla en el comercio internacional.
Las ganancias que obtienen algunos productores gracias a los aranceles
y otras restricciones quedan compensadas con creces por las pérdidas
que sufren otros productores y especialmente los consumidores en su
conjunto. La libertad de comercio no sólo procuraría
nuestro bienestar general, sino que también promovería
la paz y la armonía entre las naciones y estimularía
la competencia interna.
Los controles sobre el comercio exterior se extienden al comercio
interior. Se entrelazan con todos los aspectos de la actividad económica.
Estos controles han sido defendidos a menudo, en particular por los
países menos desarrollados, por considerarlos muy importantes
para la consecución de su desarrollo y progreso. Una comparación
de la experiencia del Japón tras la Restauración Meiji
en 1867 y la de la India tras su independencia en 1947, sirve para
contrastar esta opinión. Dicha comparación indica, al
igual que otro ejemplos, que la libertad de comercio interior y exterior
es el mejor medio que tiene un país pobre para promover el
bienestar de sus ciudadanos.
Los controles económicos que han proliferado en los Estados
Unidos durante las pasadas décadas no sólo han restringido
la libertad para utilizar nuestros recursos económicos, sino
que también han afectado la libertad de expresión, de
prensa y de culto.
Continua >>>>>
|